Se atisba, en el trasfondo de estas obras, un impulso casi arqueológico: un deseo de retorno a lo telúrico, al rito, a aquello que Jorge Oteiza nombraría como el alma vasca. No se trata, sin embargo, de una nostalgia literal ni de una reconstrucción romántica del pasado, sino de una búsqueda de esencia a través de la forma: el vacío como estructura activa, el cromlech como dispositivo simbólico, la lengua vernácula como materia viva. Hay aquí una voluntad de reencuentro con lo originario que no pasa por la imitación, sino por la reactivación.
Como artista, diría que estas piezas operan en un tiempo suspendido: se materializan desde un presente que ya nace como pasado —un presente consciente de su propia caducidad— pero que, paradójicamente, proyecta una vocación de futuro. En ese pliegue temporal es donde la obra respira. No es memoria, sino insistencia. No es archivo, sino latencia. La configuración formal revela una necesidad de no olvidar, pero también de no fijar definitivamente aquello que se recuerda. La memoria aquí no es estable: es un campo de tensiones.
Desde la mirada curatorial, este conjunto podría leerse como un intento de cartografiar una identidad en proceso de disolución y recomposición. Las obras no afirman un lugar; más bien, lo problematizan. Porque junto a ese impulso de arraigo emerge, de forma casi inevitable, un sentimiento de extrañamiento: una cierta no pertenencia, una identidad fragmentada que se construye mediante ensamblajes, apropiaciones, ecos. Hay algo de pastiche, sí, pero no en un sentido superficial, sino como síntoma de época.
En este punto resuena con claridad el diagnóstico de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy sobre la cultura-mundo: un sistema que difunde normas, imágenes y sensibilidades homogéneas a través del mercado y las redes, al tiempo que intensifica el desarraigo y la desterritorialización. Las obras parecen situarse precisamente en ese borde: entre la afirmación de una singularidad cultural y la imposibilidad de sustraerse a los flujos globales que la atraviesan.
Lo interesante —y aquí radica, quizá, la potencia del conjunto— es que no se plantea una resistencia frontal a lo global, sino una convivencia tensa. Las fuerzas de la unificación y las de la diversificación no se anulan, sino que coexisten en un equilibrio inestable. Cuanto más se aproximan las sociedades, más se multiplican las formas de subjetividad, más se fragmentan los relatos, más se singularizan las experiencias.
Así, estas obras podrían entenderse como dispositivos de negociación: espacios donde lo local no se protege como reliquia, sino que se expone al roce, a la contaminación, al desplazamiento. El arraigo ya no es una condición fija, sino una práctica. Y en ese gesto —entre la pérdida y la invención— se abre una posibilidad: la de pensar la identidad no como origen, sino como construcción continua, siempre inacabada.
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