No hay incendio sin cenizas es un proyecto artístico que surge del estudio y la investigación de la relación entre la sociedad y la tecnología. El desarrollo de los nuevos medios de la información y la comunicación junto al incesante progreso tecnológico han creado un estado efervescente del conocimiento que es la principal razón de una constante necesidad de progreso social. Esta relación se acaba definiendo en una necesidad, un estado de ansiedad social donde lo de hoy ya es viejo y lo de ayer ya es historia.
Este es el punto de partida para el desarrollo de un pensamiento crítico en la relación entre lo tecnológico y lo social. Procesualmente el proyecto se desarrolla a partir de la deslocalización de las tecnologías de fabricación digital a partir de su disolución mediante materiales más tradicionales como la cera, la madera, el bronce o la cerámica. De este proceso aflora un grupo de obras que remite a lo antropológico o lo arqueológico a partir de restos, símbolos y construcciones que funcionan como un “Fake”.
Este “fake” nunca es un fin en sí mismo, sino un instrumento . No se trata en tirar de la ficción para alcanzar un beneficio con aquello “real” que hay detrás sino de desvelar cómo opera esa ficción y qué conexiones se pretenden él conectarla con las realidades invisibilizadas. De esta forma se desplaza el lugar de nuestra percepción, sin que lo percibamos a primera vista, sin que abandonamos enseguida la zona de confort que adoptamos cuando hemos decidido que fuentes son fiables y cuales no.
Es en este instante donde reside el imaginario que define este grupo de piezas, el cual se va construyendo a partir de diferentes referencias relacionadas con la historia o la memoria. De tal forma, las conductas sociales contemporáneas con un fuerte fundamento ideológico (saber qué) y tecnológico (saber como) que caracterizan el presente se van diluyendo en la indefinición a través de cierta maestría técnica y estética, invitándonos a seguir interrogándonos y reflexionar sobre la esencia última de las cosas. Una condición que va más allá de los objetos y que aglutina conceptos como la contemplación, el saber o el tiempo, tan presente en un contexto museístico que funciona, a día de hoy, como un cuerpo estanco garante de estos términos.